24 marzo, 2016

Cuarenta años después

La figura senil de un hombre vestido de negro y sombrero de ala corta, se hacía presente en aquel apacible paisaje inserto en medio de la ciudad. La época era otoñal y el crujir de las hojas que caían de los árboles denotaba un ambiente cálido, nostálgico y lleno de paz.
Se acercó al lado de un joven, era delgado, aunque de proporciones similares, poseía un rostro de porcelana aún más blanco, casi como el papel en el que escribía desde hacía un buen rato. Entre sus manos también sostenía unas naranjas qué pelaba con inquietante paciencia mientras se reclinaba sobre sus rodillas. Su expresión era la típica de los jóvenes de aquel entonces, pantalón plomo, camisa blanca, corbata y chaqueta azul sin solapa. En sus ojos se denotaba su profunda expectación y ansiedad, como si quisiera que el tiempo pase muy de prisa.
El hombre después de unos minutos de observarle, se sentó a su lado, a un cuerpo de distancia, en aquella larga banca de madera de color negro, que hacia juego con su vestimenta larga y totalmente oscura, bajo la sombra de un añoso árbol.
-          Vendrá…, dijo aquel hombre en tono calmo.
El joven escuchó levemente aquel susurro, y miró al hombre con cierta extrañeza. Miró a su rededor, en distintas direcciones, y luego prosiguió pelando su naranja.
-          Sé que vendrá... Replicó el hombre, inmóvil en su asiento, sin gesticular ninguna expresión.
El joven le miró con detenimiento y curiosidad mientras fruncía su seño. Aquel hombre usaba un traje largo, elegante y muy correcto para el lugar. Parecía hablar solo, ya que su mirada no se desprendía del horizonte.
-          Ud. Me dijo algo… Preguntó el joven con cierto recelo.
El hombre no respondió y prosiguió inmóvil y silencioso, tras sus gafas circulares de cristal negro.
-          Sí, yo le escuché, Ud. Me habló cierto…? Insistió el joven sumido en la curiosidad.
El hombre volteó lentamente hacia su derecha, y el pálido rostro del joven se reflejó en sus lentes.
-          Veo que aún le esperas… Dijo el hombre.
-          Y qué sabe Ud. Replicó el joven.
-          Sé muchas cosas, y sé que le esperas. Respondió finalmente el hombre.
En su pensamiento el joven procesó aquellas escuetas palabras, y la intriga fue aún mayor. Cómo sabía que esperaba a alguien?, De dónde salió?, Por qué estaba ahí conversando con un extraño?.
Al comienzo sintió miedo, pero tenía la habilidad de percibir a las personas, y la expresión mística de aquel sujeto no denotaba indicios de maldad. Recordaba aquellas típicas recomendaciones que recibió en su niñez, pero esto era algo totalmente diferente.
-          Quién es Ud.?... Le conozco acaso?...
-          Sí, pero sólo hasta este preciso momento.
-          Cómo es eso?
-          Hace años que visito este lugar, de vez en cuando, y este momento es especial.
-          Por qué?...
-          Porque este es el principio… de una historia.
-          Qué historia?
-          Tú historia.
-          No entiendo. A qué se refiere?
-          Es la historia que quedará forjada en tu ser, a partir de un instante de tiempo.
-          Cómo sabe que espero a alguien?
-          Es evidente.
-          No le conozco, Ud. No sabe nada de mí.
-          Percíbelo entonces… y dime, cuanto falta para que llegue?
El joven bajó su mirada y quedó inmerso en sus sentidos. Aquel hombre extraño tenía razón, podía percibir a quién esperaba, y aún estaba lejos del lugar.
-          Y…
-          Aún no llegará por un buen rato. Dijo el joven.
-          Te enseñaré un truco entonces… y podrás saber… qué hace y dónde está.
-          En serio…  Incrédulo respondió el joven.
-          Observa… pero observa bien… observa más allá de lo que sientes, y percibe lo que ella ve.
El joven aún más extrañado que antes acogió esas palabras y se internó en lo más profundo de sus pensamientos. Las imágenes confusas en su mente comenzaron a tener forma en su mente, y poco a poco pudo percibir su entorno en la distancia.
-          Dime entonces… que sientes.
-          Le veo, sí, o mejor dicho veo lo que ella ve. Está acomodando sus cosas, está apurada.
-          Así es, y prontamente saldrá de su trabajo en esta dirección.
-          Cómo sabe Ud…?
-          Lo sé, porque yo también le percibo… Dijo el hombre esbozando una leve sonrisa.
-          No lo entiendo! Respondió el Joven. - Creía que era sólo mi imaginación.
-          No, no lo es. No es imaginación, es percepción, pura y simple, enfatizada en sentimientos.
-          Por qué se acercó a mí? Qué quiere?... Preguntó el joven.
-          Siempre vengo aquí, cada cierto tiempo, ya te lo dije. Sólo quiero enmendar el momento.
-          Enmendar qué momento?...
-          El momento que vendrá después, cuando vayan a buscar libros.
-          Por qué?...
-          Porque el sentir es una magia que nunca se desvanece.
-          Que quiere decir eso…?
-          Significa… que debes decidir.
-          Decidir qué?
-          Decidir tu propio camino, junto a quién has percibido desde mucho antes, con tu sentir.
-          Es difícil en mi situación.
-          No, no lo es. Deja atrás tus temores. Es sólo juventud.
-          Siento que se acerca, siento sus pasos, aún a lo lejos.
-          Sí, así es, pasos cortos y ligeros, sujetando libros y cuadernos entre sus brazos.
-          Sí, es cierto… pero… Cómo?...
-          Sigue a tus sentimientos muchacho… y decide bien. Debes soltar una mano a la vez.
-          Entiendo, y ahora entiendo que Ud… o sea tú… eres yo.
El anciano se levantó lentamente del asiento, sin dejar de mirar al joven, con una sonrisa amable en su rostro, hizo una pausa, reverenció su cabeza con un gesto amable, y finalmente dijo:
-          Ya debo irme, creo que ya he enmendado mi tiempo.
El muchacho entendía lo sucedido, y se quedó meditativo en su puesto. Ahora sabía por qué aquél hombre le resultaba tan familiar.
A los pocos minutos, los pasos cortos de una menuda figura irrumpieron en la meditación del reflexivo joven. El levantó su cabeza y apenas vio su rostro, se iluminó tanto como el de ella.
Pensó en las palabras finales de aquel hombre “enmendar mí tiempo”, y entonces se dio cuenta a qué se refería.
Miró a la joven, cogió sus manos entre las suyas, y luego se levantó abrazándole con ternura, cobijándole protectoramente, besándole con una paz que por fin a su corazón… llegó.
A lo lejos…, la figura erguida e inmóvil del anciano con su chaqueta al viento, parecía despedirse con un  dejo de ternura, para luego, poco a poco, ir esfumándose entre los árboles, al compás de las hojas resecas que caían con la suave brisa otoñal.
Era su inicio, era su expectativa, era la existencia misma de toda una vida, su propia vida, por fin libre y plena, por fin pura, cuarentas años después.

07 marzo, 2016

Un segundo de Lucidez

Soñar despierto le llamaba, y aún consciente de ello, procuraba cada noche estar en aquel mismo lugar desconocido, solitario y de amplias calles. Siempre era la misma situación, estaba en un transporte público y al momento que este llegaba a su paradero, después de recorrer y doblar por numerosas esquinas, todos bajaban presurosos seguramente en dirección a sus respectivos hogares. No quería, pero debía bajar, indicaba el chofer, quién también al igual que los demás,  terminaba su jornada laboral.
- “Bajen todos por favor, último aviso. Gracias”. Replicaba el chofer.
Todos obedecían, como si la rutina estuviese impregnada en sus mentes, no obstante, el joven Joe, permanecía en su asiento, quién por algunos minutos observaba como todos bajaban y se alejaban en distintas direcciones, mientras el chofer de mirada seria le solicitaba salir del bus.
Bajo a paso lento, casi como contando cada peldaño de los tres que tenía este bus antiguo. Era un atardecer muy oscuro, y la noche se vendría rápidamente. En ese instante, cuando las puertas del bus se cerraron, las calles parecieron aún más amplias. Todo era inmenso y sin dirección, no habían letreros, ni señales luminosas. De pronto, agudizó su visión y a unos cuantos pasos creyó reconocer a un viejo amigo, menudo, delgado, de pelo corto que presuroso se alejaba. Le siguió sin dudar, y apresuró el paso. Iba en dirección hacia un colectivo que hacía su último recorrido. Era extraño, pero el tiempo había pasado muy rápido, y ya era tarde. Había perdido la noción del tiempo y su única esperanza de ir a algún lado era su amigo. Parecía que nunca le alcanzaría y hecho a correr, parecía no disminuir la distancia, y se apresuró aún más. No recordaba su nombre, y con el cansancio no tenía aliento para llamarle. Finalmente logró alcanzarle en el momento justo en que se subía al colectivo, entonces golpeó el vidrio tres veces, y pudo ver su rostro. Le quedó viendo con extrañeza, y por unos breves segundos cruzó serias miradas sin gesticular.
- Lo siento amigo, llame a un taxi, tengo prisa y debo irme, antes de que vengan.
Dicho esto, se quedó perplejo, sin entender a qué se refería. El vehículo partió y quedó solo en medio de la nada. Cómo era posible?, no sabía dónde estaba, y ya no tenía batería en su móvil para llamar. Qué podía hacer?...
Meditaba y reflexionaba en que es verdad que cuando no se tienen objetivos, no se cuenta con una dirección, o un lugar dónde ir. Eso causa dudas, y las dudas y las incertidumbres causan pérdidas de tiempo. Cómo era posible que en cosa de minutos el sol se ocultase tan rápido. La hora tampoco tenía lógica, era un lugar sin tiempo, y por algún motivo estaba ahí, sin recordar un antes, su antes, ni su ahora. El temor encendió sus mejillas y pensó en quién o en qué vendría.
Caminó varias cuadras, casi sin iluminación, salvo algunos débiles faroles. Hacía frío, y aquella soledad le pareció inusual. Había hecho algo distinto, había hecho una pausa, tan sólo una pausa, lo suficiente como para que el mismo tiempo se rompiese ante sus ojos. Todo era sombras, y siluetas que se iban acercando a su rededor. Pero qué era todo eso?... Sugestión acaso. Nada era razonable, en un lugar tan supuestamente lleno de vida. Quién era, qué estaba haciendo ahí, porqué se detuvo. O acaso la mente despierta tras un letargo para entrar en la verdadera existencia, una muy distinta a la realidad que todos tan obedientemente siguen.
No, definitivamente… no. Nadie se había ido, porque simplemente nadie se había bajado del bus, porque nunca estuvieron, de pronto fue su pensamiento. Algo pasaba en su mente, algo que debía entender antes de que llegasen las sombras a donde se encontraba. No debía huir, no tenía sentido temer, nada era real, o mejor dicho, estaba a punto de dilucidar la verdad vedada tras aquello que llamamos rutina, sociedad, costumbre, hábito, miedo, sentido común.
Todo estaba dispuesto para que creyese en un ciclo de vida, lleno de etapas que debía cumplir paso a paso. Lo que había hecho como lo demás hasta ese momento. La soledad representaba carencia y a su vez libertad, las sombras eran los miedos inculcados, el supuesto amigo que se fue, representaba lo que dejaba, así como a las personas del bus. Todos con un camino ya predefinido, que seguirían ciegamente hasta el fin de sus días, mientras que Joe estaba a punto de descubrir la luz en aquella oscuridad. No podía explicarlo, pero de alguna forma, cada vez que tenía aquellos momentos de lucidez, era intervenido con el ruido de lo externo, aquel que siempre le obligaba a seguir un patrón común denominador, como los demás.
Las sombras estaban a punto de rodearle, cuando detuvo su paso ante una banca iluminada con un intenso farol. La luz iluminó su rostro, y sintió un calor agradable. Por un segundo ignoró todo a su rededor, y el silencio fue profundo. Acarició el contorno de la madera y observó un árbol a su espalda que extendía sus ramas como cobijando armónicamente el lugar. Se sentó reclinándose hacia atrás con una de sus piernas entrecruzada, respiró profundamente y sintió paz, desapareciendo todo a su rededor.
Sonrió entonces y sintió que aquel era su lugar, su dominio, su control, su propio universo, su verdad, su emotivo sentir, en un segundo de lucidez.
 
 

04 septiembre, 2015

Peldaños aledaños

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Es tarde ya, nuevamente, todo está oscuro, y mientras se trabaja, el sonido del agua brota al rededor retumbando en las paredes del edificio largo.
 
Surge entonces aquella inquietud eterna de querer saber, entonces, se recorre aquella imagen vívida aún en la mente, en pixeles bien definidos, con la nitidez y los colores deseados, y la sensación ancestral vuelve a plasmar el ser, y el encanto.
 
Por qué?... Se pregunta una y otra vez, más tenue cada vez, más distante quizás, pero aún permanente y en color blanco.
La respuesta carece de importancia, no hay palabras para describir lo que se siente, simplemente sucede y es todo. Toda una vida de hacer lo correcto no es suficiente, nunca lo es, porque aún se sueña con cierta nostalgia, emoción y arrebato.
 
Cada día lo recuerdo, y cada día vuelvo, en mente o en el mismo espacio. Lo sé… son sólo ideas, tan sólo pensamientos, pero son tan nítidos como el sabor de una naranja bajo la sombra de un árbol.
Cómo quisiera percibir el aroma de la tierra mojada en sus manos, caminando a solas y descalzo, deteniendo el tiempo por un momento, entre las hojas resecas que crujen refugiados en un silencioso abrazo. Tan sólo eso. Quizás un poco más, quizás un poco de ambos.
 
La banca ya no está, pero estuvo, y aún se percibe su aroma, una y otra vez, con la brisa que remueve su cola de caballo, alzándose tenue a veces, por aquellos mismos pasos. No se ven, no se juntan, ni siquiera de vez en cuando, pero ahí aún están, por siempre, enlazados y enredados bajo sus cortos y largos pasos.
Las escaleras son el inicio, entre libros buscados, y fue el origen de lo primero nunca olvidado, un peldaño más arriba... y un peldaño más abajo.

19 junio, 2015

Qué es felicidad?

El sol ya pronto se iba ocultando, mientras el despertar de las luces de la ciudad comenzaba a iluminar cada uno de los grandes y estirados edificios. Algo había pasado, la ciudad estaba más activa que nunca. Era fin de semana y todo el mundo parecía estar más apresurado que lo de costumbre.
La oscuridad fue propia de su traje negro, y en combinación se convirtió en camuflaje, salvo por su pálido rostro y manos, que parecían puntos flotantes que deambulaban como alma en pena.
Se detuvo un instante para agudizar sus sentidos, y encaminar sus pasos hacia su destino. Su corazón latía con premura y casi con un dejo de angustia, parecía ido en su propósito, y un poco indiferente al patrón normal del mundo. Extendía sus manos, y una sensación de calor y cosquilleo le indicaba una dirección inequívoca. No necesitaba ningún artilugio electrónico o digital que lo guiara, sólo estaba ahí, guiado únicamente por su instinto.
Caminó varios kilómetros, a una velocidad inusual, sus pasos lentos y livianos parecían desprenderse del suelo, avanzando casi como tele transportado al lugar justo y preciso que miraba. Nadie lo notaba en la oscuridad, y su sensación de libertad inundaba su ser con total  frenesí. Nunca se había sentido mejor, parecía que todo era posible aún más allá de la acostumbrada realidad.
Prontamente llegó a su destino, y entonces le pudo ver a escasos metros en las cercanías de una esquina donde seguramente estaba esperan algún móvil. Ya era tarde, y pensó primeramente en su seguridad, y en el entusiasmo de propinar una sorpresa. Así fue como con paso tranquilo se acercó hasta lograr alcanzarle. Ella vestía de rojo, con un abrigo negro cuello alto, al igual que sus botas de mediano taco, portaba una cartera negra, y unos pequeños anteojos traslúcidos de marco negro, y su pelo negro tomado en cola de caballo.
En la proximidad tocó suavemente su hombro derecho, virando ella en rápida reacción, dando como es natural, un paso atrás, mientras levantaba su vista para poder distinguir quién era esa inesperada presencia. Le reconoció de inmediato, y su rostro se iluminó ampliamente, abriendo sus ojos con asombro.
Así permanecieron un par de segundos, en mutua contemplación, sin emitir palabras ni mayor acercamiento. Era notorio que ambos parecían felices por el simple hecho de haberse encontrado.
Luego, en su plena curiosidad, ella rompió el silencio:
-          Qué haces aquí?...
-          Te vine a buscar… vamos.
-          A dónde?
-          Sólo sígueme, si quieres…
Ella no entendía nada, y pese a su normal timidez y desconfianza aprendida en la vida, aceptó sin vacilar. Se llenó de preguntas, no temía, porque le conocía de años y sabía perfectamente  que podía confiar plenamente en él, sin embargo, su inseguridad siempre estaba presente.
Sujétate firme, y en cosa de escasos minutos subieron a un edificio, hasta llegar a la azotea. Ella no entendía como habían subido tan rápido, y conmocionada por el hecho, se emocionó al ver un cielo tan despejado y tan pleno de estrellas. Se acercaron a la orilla y pudieron ver el resplandor de las luces de la ciudad que titilaban a lo lejos. La locura de la ciudad estaba a sus pies, y todo parecía ser parte de un enjambre frenético lleno de vida y movimiento.
-          Quieres ver la ciudad de más arriba?... - dijo él.
-          Qué?...
-          Vamos… déjame mostrarte la ciudad…
Incrédula, aceptó sin vacilar, pensando  que todo era una broma. El sacó un celular de su bolsillo, prendió su luz y estiró su brazo haciendo señales a un espacio abierto. Prontamente el ruido de un motor se fue acercando rápidamente, provocando un fuerte vendaval.
Ella no podía creer. - Qué es esto?... preguntó mientras sonreía nerviosamente. No te preocupes, respondió el, con total tranquilidad. Ten cuidado con las aspas, y avanza conmigo. Entonces en unos pocos pasos avanzaron hacia el ruidoso aparato y se subieron. Una vez sentados, les pasaron unos audífonos y se pusieron los cinturones de seguridad, despegando casi al instante.
Él se comunicaba con el conductor mediante algunas señas, levantando el pulgar y dirigiéndose hacia la costa, alejándose poco a poco del bullicio de la ciudad. Mientras, observaban el movimiento de los vehículos que parecían de juguete desde las alturas.
Pronto arribaron en la costa, en las cercanías de un recinto bien iluminado, lleno de música, fulgor, y alegría. Bajaron y fueron recibidos por algunos anfitriones de corbata muy bien vestidos. Todo era esplendor, perfectamente pulcro, rodeado de blanco, tanto las mesas como las cortinas que flameaban ante el frescor del viento.
Trataron de hablar entre el bullicio y la algarabía, entonces el preguntó…
- Quieres algo más tranquilo?
- Sí, por favor. – Ella respondió.
Él sonrió y llamó a uno de los anfitriones, el cual se acercó con presura. Caminó un par de pasos, y habló unas pocas palabras dando algunas indicaciones. Al instante, aquel hombre se comunicó con el resto, y por comunicador coordinaron algunos preparativos. En cuestión de segundos, se acercaron a unos cuantos metros  algunas personas que montaron hábilmente unos paneles sobre la arena, muy próximo a un mar iluminado por el resplandor de una enorme luna.
-          Está listo señor.
-          Gracias respondió él, mostrando una sonrisa cortes y amable.
 
Se dirigieron al lugar, caminando entre la arena. Ella se sacó los zapatos, sintiendo un inmenso alivio y un agrado al sentir el suelo bajo sus pies.
Cuando llegaron, se internaron el pequeño recinto improvisado, de grandes y abiertos ventanales con vista a las olas, lleno de suaves luces que adornaban armónicamente el lugar.
Los asistentes a cargo, les recibieron con cordialidad, y prepararon la mesa con un variado banquete, llenando las copas con un colorido vino, todo en un armónico espacio que invitaba a la paz, la contemplación. Y ahí se quedaron compartiendo, a solas, sin interrupciones, apreciando la belleza del paisaje bajo la luz de la luna reflejada en el mar, sintiendo los sonidos de la naturaleza, conversando con total tranquilidad y contándose por completo cada detalle de las historias de sus vidas, en un momento eterno llamado “Felicidad”.
 

27 marzo, 2015

Vínculos

El tiempo es un concepto abstracto de este universo, lo medimos, lo esperamos, y sea como sea, pasa sin detenerse jamás.
Hace muchos años, un niño de menuda figura, extendía sus manos para recibir de sus hermanos, un pedazo de diario, en él, había leche en polvo, que en general se repartían de la mejor forma posible. Aquel niño, con pocas esperanzas de vida, y cuestionado de paternidad, fue entregado a una familia ajena, bajo pretextos que sólo los adultos tienden a justificar. Tras una vida precaria, con escasos recursos y muchos hermanos, el conflicto del cuestionamiento se impregnó seguramente en la mente de una madre que dudó, y permitió la entrega. Quizás para protegerlo, o proteger a la familia, o quizás para ocultar una verdad, ante un padre de dura vida, carente de sutileza y comprensión, o del perdón.
Con menos de dos años llegó, a un hogar conformado por tres personas que se juntaron a compartir esfuerzos y sacrificios, para sacar adelante un lugar que se convertiría en un pilar fundamental de muchas personas que lo visitaban. Historias humanas increíbles aprendidas por aquel niño extraño.
Muchos fueron los buenos momentos, como también los emotivos, por distintas circunstancias, sobreviviendo a distintas situaciones, como soledad, enfermedad, temas económicos, ambientales.
En su mente estaba impregnada la sensación de abandono, misma que recordó en su primer año de colegiatura, cuando creyó que era dejado, nuevamente. Su madre y sus hermanos, a veces le visitaban, dos veces al año, quizás tres. Tiempo en que nunca fue reclamado con la fortaleza y convicción propia de una madre por su hijo. Por qué?... Era la pregunta eterna que convirtió aquella estancia en una prisión emocional, de donde nunca podría escapar.
Cuando creció, soñaba con la palabra “libertad”. Sobreprotegido por su fragilidad física, estaba sometido al esmero de cuidados que lo alejaron incluso del mundo. El cariño por un niño, a veces suele ser obsesivo y posesivo. Las personas, en general, cargan una mochila con su propia historia, y esa esencia influye en sus mentes, hasta el punto de que un pensamiento se transforma en convicción, haciéndolos creer que están en lo correcto, o llenos de razón.
Es curiosa la vida, nada puede ser igual siempre, y toda vida tiene su principio, y también su fin. La historia cambia, los hilos se mueven, y los caminos se abren en nuevas direcciones que se tienen que tomar.
Han pasado muchos años, y aún la pregunta en su mente, persiste…. Por qué?
Al fin y al cabo, todos somos mascotas, y nos adoptamos. Al hacerlo, con el tiempo, nos encariñamos, y se produce un vínculo, un fuerte vínculo de vida, que no se puede romper, y nos convierte en prisioneros de nuestras propias emociones, haciéndonos gozar y sufrir, por aquellos seres que forman parte de nuestras vidas, impregnándose en nuestra piel, en nuestra mente, en nuestro espíritu y en nuestros sentidos.
Pero los niños crecen, y los adultos se vuelven niños, la toma de decisiones de antes sucumbe al tiempo, y las nuevas decisiones afloran, por la naturaleza propia de cómo hemos vivido.
Hoy… un hombre entra al quirófano, es el último de aquellos tres que le cuidaron con tanto esmero cuando niño. El miedo se apodera de ellos, y en silencio, su abrazo parece una despedida, sin serlo. El dolor es físico, el dolor es en el pensamiento, el dolor es en el alma, y el ahogo de un suspiro se convierte en un último lamento.
El niño, ya hombre, mira a su viejo, más que su propio padre, y lo abraza sin consuelo. Trata de ser fuerte y alegre, porque cuando el mismo estuvo al borde de lo incierto, aquel viejo amigo, lo salvó muchas veces con sus esmeros. Ahora, aquel anciano está sólo, y todo parece incierto.
Su mirada se volverá cristalina también, como la propia algún día y la de todos, y así podrá recibir la luz que le entregará la paz merecida en este preciso intento.
Ahora no sé qué pensar… haber visto tanto sacrificio, tanto esmero y tanto esfuerzo, para cuidar a su propia madre, quién nunca se separó de su hijo, pese a todo, tanta preocupación para salvar a un niño ajeno y muchas veces enfermo, tanto trabajo invertido para apoyar a una mujer valiosa en su buen espíritu y empeño. Tantas cosas vividas, y hoy… tanto que está en juego.
Hoy es el día, y es mucho lo que siento, la incertidumbre satura mis sentidos, y todo parece ser extraño. Fue un padre, más padre que el propio, y mejor hijo que muchos, que he conocido. Este es su premio, tan injusto como mi razonamiento me permite verlo. Qué es Dios entonces… Por qué?... Por qué Dios?... Por favor ayúdalo.
Soy lo que soy, gracias a ellos, no soy perfecto, y me quiebro. Pero debo ser fuerte hoy, porque simplemente… es necesario serlo.
Una madre y un padre, nunca deben abandonar a un hijo, y un hijo… nunca debe dejar de querer a sus padres, porque la vida nos enseña, que todo es un tiempo.
Los conocí una vez… y desde entonces, se produjo un bonito vínculo, del cual no me arrepiento.

08 octubre, 2014

Pasos cortos

Sus pasos eran cortos y su mirada amplia, en un mundo colmado de naturaleza que cada día le cobijaba. La arena bajo sus pies descalzos se abría paso, hundiéndole con la suavidad de una sutileza calma.
Todo era brillante y todo le encandilaba, mientras el lejano sol en el horizonte se ocultaba, caminó varias cuadras, mientras su rostro se iluminaba, con las caricias de una brisa que ya no le parecía tan lejana. Estaba sola, aunque sola no estaba.
Miraba a ratos su recuadro y los escritos que portaba, era lo único tangible ante lo intangible que existía y que sí estaba. Pensó entonces en muchas cosas, y como hubiese sido todo si los caminos establecidos se hubiesen ido por una dirección más anhelada.
Quería expresarlo, gritar a los mil vientos, y volar lejos, como ave libre que busca su alimento, más allá del simple  vuelo, y más allá de una simple mirada. Siguió caminando, y el camino era inmenso, aunque se hizo breve, era claro, aún quería que durara. Lo sabía… Pensó de nuevo... Estaba sola sí, pero no lo estaba.
Pensó entonces en la música, y eligió con cuidado, escuchó rápidamente cada una buscando y seleccionando la que más quería, y entre muchas descartó varias, y entre varias, eligió una, una que le gustaba.
Llegada la noche, y los quehaceres esperaban, siguió su vida como siempre, como suele ser una vida acostumbrada. Varias horas pasaron, y entre todo su mente a ratos divagaba, entre música y canto que sus pasos aún le acompañaban.
 Era tarde ya, cuando sus oídos escuchaban, recordando y pensando en detalles de mundos y tiempos que anhelaba. Sus manos fueron libres entonces, y como nunca en su imaginación deambulaban, recorriendo cada rincón, de los pasos cortos que daba.

29 octubre, 2013

En el camino de Tal

Caminaba entre viejos y destruidos edificios, con su vista pegada en un horizonte inexistente, repleto de escombros y algunos vagos recuerdos de una civilización más próspera.

La resequedad del ambiente, y el polvo que se levantaba con los pequeños remolinos, resecaba su garganta, manifestándose en la desesperación de sus sedientos labios. La cuantiosa polución hacía imposible tener una visión clara del terreno, y ya sin energías y sin garantías, con sus recursos al límite, sintió la necesidad de hacer una pausa, para esperar el sol de medio día, pensando que era lo mejor, ante el sofocante resplandor.

Pronto pasaron las horas, y la esperanza se difuminaba en caminos inciertos. Qué hacer?... Hacia dónde ir?...  pensaba en silencio, encontrando poco sentido a todo.

Tenía sed, mucha sed, y tenía hambre. Llevaba algunos días sin comer, producto de la escasez que se estaba viviendo. Sentía una opresión grande en su pecho, y se cuestionaba si todo su esfuerzo, por dar lo mejor de sí, valió la pena. Todo cuanto quería ya no estaba, algunos se fueron, otros murieron, y los que quedaban ya no eran los mismos de un inicio.

Buscó entre sus ropas, una pequeña barra de chocolate, que sacó de su envoltorio con meticuloso cuidado, y mientras lo habría, una suave muy voz proveniente de las sombras, cautivó su atención.

Se acercó hacia el origen de la voz, y con una linterna alumbró el lugar, encontrándose  con un bulto pequeño que se movía entre harapos y escombros.

Sus ojos eran grandes y hermosos, pese a la suciedad que le rodeaba, su colorido atuendo estaba casi intacto. Sorprendido, Tal se acercó, dejando a un lado algunas de las pesadas cosas que portaba.

-          Quién eres tú?... Preguntó Tal.

La joven no contestó, y se quedó inmóvil, observando la barra de chocolate que portaba el muchacho.

Tal se acercó con cautela a la joven, y percatándose de lo que le había llamado su atención, estiró su brazo muy despacio, ofreciendo parte del único alimento que poseía.

La muchacha, lo recogió con apuro, y lo cubrió con su cuerpo como si se tratase de un preciado tesoro, sin dejar de mirar a Tal. Fueron segundos de mucha tensión para ambos, apaciguados sólo por la evidente la humedad de una lágrima que rodó en la mejilla de ambos.

Tal se sentó a su lado, sin decir palabra, y comió de su única y escasa merienda que le quedaba, lo cual fue imitado por la muchacha.

Ambos se quedaron en silencio, a merced del atardecer que prontamente dormiría en un cielo estrellado.

No estaba solo, eso era lo único que importaba en ese minuto, y no existía más universo que aquel preciado instante, en el camino de Tal.



23 agosto, 2013

Pese a la lejanía

Miró su calendario, y al ver que los días habían pasado muy rápido, sintió la necesidad de caminar y platicar bajo las sombras de los grandes árboles que le contemplaban.

Buscó entonces algo de paz, y en la ligereza del tiempo que se iba muy deprisa, sólo encontró una angustia que no había sentido antes. Quería retener el tiempo en sus manos, y por más que lo deseaba, su anhelo se desintegraba en el transcurso de los minutos que se esfumaban.

Caminó sobre el verde sendero acompañado sólo de su música, mientras sus pensamientos se fundían en sensaciones confusas. Ilusamente vertió una pregunta en su pantalla, recibiendo una negativa como respuesta, lo que le entristeció.

Se acababan los días, y con ello su esperanza de poder entregar un último abrazo como recuerdo. Tal vez, de alguna forma ya lo había hecho,  y su esencia no se perdería para siempre después de todo, quedando su recuerdo impregnado en la memoria, pese a la lejanía. 

16 agosto, 2013

Escrito

En general se suele pasar por la vida a razón de un conjunto de eventos y situaciones que nos mueven a conocer personas. Muchas de esas situaciones y personas, pasan desapercibidas por nuestras vidas, cómo si fuesen una lectura volátil en cada momento. Sin embargo, otras perduran en nuestra memoria, a veces, por los motivos más increíbles, o por parentesco, permanencia o la cercanía.

De pronto, la vida nos presenta a un desconocido, y en una fracción de segundo, se establece algo inexplicable, una conexión, que rápidamente se transforma en un vínculo inquebrantable ante el paso del tiempo.

La intensidad que se produce en los vínculos, va más allá aún, resultando interesante tratar de entender porqué aquel primer encuentro puede afectar el curso de tu vida, impregnándose en tus conceptos, en tus ideas, en tu conocimiento, en tus pensamientos, en tu círculo, en tu esencia y en tus sentimientos.

Una especie de regocijo interior fluye en aquel primer instante, casi como una especie de electricidad o señal que emana del interior, como si hubiese una especie de reconocimiento que identifica al otro, como una parte esencial que sin saberlo, era necesaria en tu vida. Esto no tiene que ver con conceptos de pareja, ni con gustos personales, más bien, es algo que sólo nace, sin querer y sin planifica, envolviendo tus sentidos, y que sin ser buscado se encuentra.

A raíz de este encuentro, las personas vinculadas, dejan de ser libros que solo se leen, y pasan a convertirse, en libros que se escriben, convirtiéndose en una historia que un día se inicia, y que después, jamás termina.

Cuanto más intentamos escribir, no es cuando más escribimos, porque no tiene que ver con la cantidad, sino, con la profundidad con que se escribe. Así, incluso el rayón más grueso se vuelve tenue o se desforma, desvaneciéndose en el tiempo, pero el surco profundo prevalece, por mucho que la tierra lo tape, o los cientos de miles de rayones pasen.

He pensado mucho en la partida, y en todas esas hojas escritas que aún faltan, que imaginaba cuan hermoso sería, si no existieran las distancias, los horarios, las obligaciones, o todo aquello que de alguna manera te empuja en una dirección ineludible, llena de reglas, de responsabilidades y tareas, que aunque sean producto de caminos elegidos, son las que nos alejan de poder tener espacios de tiempo, para poder compartir más, y mejor.

El abrazo intenso se respira en el recuerdo, mejor que mil palabras, una caminata, la contemplación de un paisaje hermoso, una grata comida, sentirse cómodo y en familia. Son cosas impagables, y que de alguna manera, son conceptos que quedan grabados en nuestra mente, a los cuales recurrimos cuando más en soledad y abandono, nos sentimos.

Saber que las distancias no significan nada, y sentir día a día que aunque no se pueda estar presente, sí se está, por el solo hecho de aquella intensa verdad que cobija un sentimiento.

Duele la partida de un ser querido, sí, y sólo el tiempo, con su paciencia infinita nos da la sabiduría y la calma, que poco a poco se va refugiando en bonitos recuerdos. Es un pobre consuelo, que no quiero.

Quisiera ser libre y poder volar, para así poder seguir escribiendo, más allá de un lugar, más allá de los sueños y más allá de lo ya escrito.

"Te recordaré, aunque me hayas olvidado"  

 "No te olvidaré, porque ya no puedo".


Está escrito.



06 agosto, 2013

Abandonos

Quizás llega un momento en la vida en que aquel mundo en que vivimos deja de ser el mundo que conocíamos. Es un mundo distinto, donde las cosas ya no son iguales a las de nuestro tiempo, y dónde los que estuvieron a nuestro lado, ya no estarán más.

Todo tiene un tiempo, breve por cierto, que mientras más se intenta retener, más se escabulle entre los dedos.

Nuevas cosas aparecen, así es, otros rostros, otras ciudades, otros países, incluso vemos  lugares y personas conocidos que ya no son lo que eran, o lo que fueron.

La adaptabilidad ante este nuevo mundo, con sus carencias y/o sus excesos, es vital, y cuanto más piensas en ello, más inserto te ves envuelto por este mundo ajeno.

De todas formas, existe algo bello en todo esto, y es que si eres capaz de ver más allá de lo que con tantas ansias atesoras y asfixias como propio, la libertad renace en nuevos destellos. Superar la sensación de soledad, es una tarea diaria, y muchas veces basta con el solo hecho de compartir una simple sonrisa, dejando un poco de lado los peros, y todo aquello.

Los sentimientos se ven afectados, tanto que la carencia de un abrazo puede hacer que tu día sea diferente, así como el recibirlo sea el argumento que permite revitalizar las energías para cada nuevo día. Es un gesto valioso, sí, es un gesto, que nos hace compañía por siempre con su grato recuerdo.

Muchas cosas se pueden hacer en esta vida, y en ello se nos va el tiempo, entregando un significado, que no requiere palabras, ni distancias, más que la simple imagen impregnada de aquellos buenos momentos.

Inevitablemente, ellos se van, algunos, obligados por la responsabilidad, otros guiados por la necesidad de pasos nuevos, otros, simplemente ya nunca más volverán, porque han partido a eternos sueños.

Coleccionamos tantas cosas en nuestras vidas, y una de esas, es el apego, que pasa a formar parte vital de nuestra existencia, importante para algunos, y lejanos para otros reflejos.

Cargamos con las cadenas que forjamos, y arrastramos los numerosos ladrillos que encontramos, pero el resultado siempre es el mismo. Y yo, no soy uno de esos.

Conocemos y tomamos, nos movemos y dejamos, hasta el punto en que en algún rincón de nuestro interior, nos damos cuenta que ciertas cosas no fueron. Lo que pudimos hacer y no hicimos, en cualquier sentido es un arrepentimiento, que por siempre trasciende en nuestros sueños y en nuestros pensamientos.

Así, el sonido de una melodía marca el tono, y en la profundidad de su armonía, lo que queda en la memoria y en nuestra imaginación es lo único que cuenta, para ser feliz, en este mundo distinto, colmado de abandonos.