04 noviembre, 2010

Cuando ausente estás


Introducción

Ayer fue un día de esos, trágico, pero en fin, como siempre digo, cada día es diferente, y siempre es preferible rescatar lo positivo. Hoy ya es otro día, y pese a lo nublado de la mañana ya ahora por fin se vislumbra un poco de sol. Bueno, esta historia es algo así, como estar en un estado y luego en otro, o como un diálogo que de pronto se transforma en ausente por un rato.

Cuando ausente estás

La vista perdida se congelaba por algunos minutos en la nada. Sus lentes cuadriculados, livianos y delicados se detenían con el reflejo de las palabras que entregaba.

El cable a lo terrenal se desvinculaba y uno a uno sus sentidos se apagaban, motivados quizás por un intenso pensamiento, que luego se transformaba en una desconexión total, enmudeciendo paulatinamente su voz como primera síntoma. La inmovilidad de su cuerpo aún sobre la silla, denotaba que ya todo a su rededor dejaba de existir, el silencio elocuente de su interior se acentuaba notoriamente al no reaccionar ante algunos gritos de niños que hacían sus actividades al rededor. Luego su vista perdida se congelaba a través del enorme ventanal de la puerta que miraba, escapando hacia un mundo de inexistencia que a su vez le cautivaba.

Así estuvo, ausente, por varios minutos, sin escuchar, sin ver, sin sentir nada, de nada. ¿Dónde estaba?

Lo curioso es que mantenía el equilibrio, así como los signos vitales, que parecían independientes a su voluntad. Todo funcionaba, aún cuando no se piensa en su funcionamiento. En definitiva, ya no estaba.

Cuando por fin reaccionó, sus ojos pestañaban veloces con cierto grado de desorientación, y quién le acompañaba desde la otra silla, había desaparecido de su vista, encontrándose de pie en otro lado, revoloteando su palma extendida frente a su rostro, tratando de liberar aquel trance interminable.

“Despertó”, entonces volteó y miró hacia arriba con un dejo de rubor, dejando entrever que sus palabras casi rumoreantes se hacían coherentes a un estado ausente.

Por algunos minutos se está ausente, en un lugar donde nada había, encontrándonos en un mundo donde ni las palabras, ni las voces existen, en un tiempo que desaparece, y donde la eternidad se toca a la razón de un segundo, que comienza en el mismo instante donde se inicia.

Después de eso, todo siguió su camino, una vez más, como si nada.

Día de porquería

Día de porquería, que bueno que ya terminó.

Todos los días son distintos, y...

Mañana se hará de un nuevo sol.

02 noviembre, 2010

Fusión


Irrumpiendo gratamente en sueños, se encontraba con su presencia volátil, dispuesta y serena, sin mayores miramientos hacia una comprensión ansiada y compleja. En el rectángulo se filosofaba un acuerdo que les llevaría al entendimiento mutuo y una armónica convivencia. No obstante, sin más, uno de ellos se alejaba a ratos, con pasos cortos y dudosos, pero en buenos términos, conciente de que estaría siempre presente, pese al tiempo, siendo incertidumbre lo que vendría.

Uno de ellos, era el más preocupado, buscaba la forma de conciliar. El otro buscaba un punto de entendimiento que le permitiera aceptar, mientras que el siguiente buscaba estar y su vez su libertad. Todos buscaban algo, por consiguiente, todos trataban de entender el por qué, sin saber cómo o un después.

Lo obvio era ineludiblemente tangible, pese a ello, la emotividad les envolvía, confundiendo la razón bajo una necesidad común y universal.

La tolerancia, la aceptación, la adaptación eran temas cruciales, sin embargo, la individualidad estaba latente. Pese a ello, la fusión se daba en una forma extraña y serena.

Todo se volvía difuso, muy parecido a un entonces, pero bajo otro escenario, ya no de noche, sino de día, con pocos, sin caos, sin desesperación, pero sí cierta ansiedad y armonía. Temprano era, en una mañana donde el sol iluminaba la situación desde una ventana sellada. Una puerta estaba abierta, a sus plenas anchas, blanqueando aún más aquel lugar, rincón celeste de encuentro y lejanía, donde todo empieza, y donde todo termina.

Un sueño a la vez, y ahora muchos más que antes, como si el tiempo no bastara para señalar los pasos de aquellos finos zapatos en su travesía. A fin de cuenta, nada es rectilíneo, porque por un u otro motivo, por más que se evite, se devuelven los hilos, en las curvas que proporciona la sabiduría.

La eterna dimensión de lo imposible se hace tangible en la mente, y aunque no se comunique estará ahí para quién lo sigue. Las respuestas, tantas veces buscadas, no son más que las propias preguntas que nacen de un interior rebuscadas.

Amanece ya, es un nuevo día, y como todo sueño, las imágenes se desvanecen en la nada, pero pese a todo lo que suceda, la sensación queda, infinita, magistral y serena, en este mundo interior donde alguna vez se encontrarán nuevamente las respuestas hacia una fusión plena.

29 octubre, 2010

Marcial


Sobre las enormes montañas se escuchaba la dulce voz de una pequeñita que peguntaba a su padre por el lugar donde se encontraban. El le abrazó con elocuente preocupación, dado que se habían sido tele transportados a ese lugar desconocido en forma repentina y sin aviso.

La niña más impetuosa quiso saber más del lugar, pero su temor natural le inducía a esperar a su progenitor. El hombre miró alrededor, y pudo contemplar un día radiante de un atardecer fresco y limpio. Su oído excepcional le indicaba cierta actividad tras el rocoso relieve, y prontamente se dio cuenta de que estaba en la cima de un volcán inerte. Los gritos lejanos y coordinados llegaban a sus oídos con mayor claridad, en la medida que subía un poco más.

Escaló un par de metros, lo suficiente como para ver el origen de los gritos, mientras su pequeña le pedía que no se asomara.


– No te preocupes, dijo el, con una sonrisa que calmó a la niña.

– Ven aquí, asómate con migo.

– No, no, papá, replicaba ella.

Cuando se asomó, pudo ver un paisaje impresionante por su colorido, profundidad y gran tamaño. Un grupo grande de jóvenes, practicando artes marciales, don distintos uniformes, en su mayoría rojos y negros, guiados por un censéis de gran habilidad.

El lugar estaba adornado con estatuas gigantes que similaban una especie de buda. Un piso impecablemente plano y limpio.

- Ven a ver esto, es magnífico - insistía el hombre.


La niña se levantó con cierta timidez, motivada por el entusiasmo de su padre que contemplaba emocionado aquel lugar desconocido. Cuando pudo ver, la niña, quedó tan fascinada como su padre, y ambos comentaron con alegría, apuntando con el dedo distintas situaciones que se visualizaban.

Después de un rato, ya confiados, dado que no había aparente motivo de que preocuparse, se atrevieron y bajaron unos metros por un delgado camino que orillaba en el interior del volcán.

Todo iba bien, salvo por un detalle, el idioma. Las incomprensibles palabras surgieron feroces de quién guiaba al grupo de estudiantes, y fueron inmediatamente cercados. Sin muchas posibilidades la mayor preocupación era la niña que inmediatamente fue apartada de su lado. En su desesperación, forcejaba contra varios, casi imposibilitado de moverse, fue envuelto en un manto rojo de seda, liviano muy firme, y levemente transparente, quedando recostado en el piso.

En el ajetreo y el desorden que se produjo, uno de los sables cayó cerca del cuerpo del hombre que yacía envuelto en el piso. Como pudo, logró escabullir una de sus manos entre las telas, a la vez que era observado por el maestro, quién se acercó de inmediato.

El maestro se rodeó de varios discípulos, y los a cayó de un solo grito, enérgico y en seco. Todos quedaron mirando al hombre que luchaba aún por alcanzar el sable a su lado. De pronto, el maestro dijo: - Si logras zafarte, soltaré a la niña -. Todos rieron.

El hombre, que tenía también su rostro cubierto por la tela, apenas podía respirar. Se contorneó de una forma extraña, que exaltó a uno de los estudiantes que se aproximó para atacarlo y terminar de una buena vez con el intento. La mano se extendió más allá de lo esperado, y logró coger el sable, que con ágil movimiento de muñeca, giró evitando a envestidura del joven. El maestro gesticuló una sonrisa en su rostro, que no fue notada por el resto, y le miró con atención.

El joven atacante, tenía su sable prensado entre el piso y a un costado del cuerpo del hombre, salvando así el acongojada situación. Casi con desesperación, pero preescisión, levantó dolorosamente el sable con la punta de sus dedos, y lo dejó caer en su costado, aprovechando como guía el otro sable enterrado al piso. Cortó así sus vendas, y logró retirar gran parte del género que le aprisionaba. Se puso de pié, retirándose rápidamente la venda que le cegaba. Buscó con su vista en forma desesperada hasta encontrar a la niña, se vio rodeado de un grupo numeroso que lo circundaba y que indudablemente no le dejaría pasar.

Empuño con notoria fuerza el sable que cogió instintivamente entre sus manos. Conciente de no tener los conocimientos necesarios para su uso, la adrenalina se acentuó en su mirada que se fue transformando en furia y angustia a la vez. Miró al maestro fijamente a los ojos, con un tono desafiante. El maestro dijo algo en voz baja, e inmediatamente soltaron a la niña, quién corrió hacia su padre.

- Bien hecho -, dijo el Maestro. Este ha sido tu primer día, y todos se desvanecieron.



27 octubre, 2010

Puedo ver el Sol


Introducción

Curiosidades de la vida, iba en un colectivo y de pronto el encandilamiento por destello de un hermoso Sol tras las montañas, hizo que esta historia naciera así nada más.


Puedo ver el Sol

Puedo ver el Sol, en un atardecer maravilloso, lleno de magistral simetría, dando el aspecto de un arte trazado a manos repletas de nobleza.

Puedo ver el Sol. En la distancia, sobre el horizonte plagado de montañas que hacían una reverencia respetuosa a la esfera luminosa.

Puedo ver el Sol, y lo sé, porque ahora miraba aquella enormidad, incandescente, que podía disfrutar sin ocultar la vista.

Podía ver el sol, impetuoso y majestuoso, insolente y distante, directo al rostro encendido de sus llamas que lastiman.

Puedo ver el Sol, no como antes, y no como quisiera, pero si como ahora, que puedo ver más allá de un después y más acá de un ahora.

Puedo ver el Sol, con mis ojos parpadeantes, palpitantes y deseosos de conocer más allá de aquella frontera.

Puedo ver el Sol, como un punto, como un mundo, o como lo que más quisiera.

Puedo ver el Sol, con estos ojos cristalinos que a veces lloran.

Puedo ver el Sol, cuando alegre también estoy, mojado en el rocío de una primavera.

Podré ver el Sol, aún cuando ya no esté, o si aún estuviera.

Podía ver el Sol, y lo recuerdo bien, porque en ese entonces me inundaba la ceguera.

Puedo ahora ver el Sol, porque sé que hay algo más, y sé que si así es, así lo quisiera.

Puedo ver el Sol, por última vez que sea.

Puedo ver el Sol, alguna vez esquivo, y alguna vez cuando me quema.

Puedo ver el Sol, jugando y travieso en los saltos de una interminable carrera.

Puedo ver el Sol, aún cerrando mis ojos, como si presente en un manto naranjo estuviera.

Puedo ver el Sol, porque sé que aunque ya no esté, estará el brillo de tu estela.

Puedo ver el Sol, pese a que ya es de noche y sólo me acompaña, una estrella.

Puedo ver el Sol, aunque el tiempo ya se termina, porque así, un nuevo día comienza.

Puedo ver el Sol, puedo…

25 octubre, 2010

Negación

Introducción

No sé si alguien recuerde casi de memoria esta frase, y que definitivamente marcó un antes y un después en el mundo digital del cine y los conceptos abstractos de una supuesta “realidad”.

Textual

“Pero, como usted bien sabe... las apariencias pueden ser engañosas. Lo cual me lleva a la razón por la que estamos aquí. No estamos aquí porque somos libres. Estamos aquí porque no somos libres. Y no podemos escapar a la razón, no podemos negar el propósito, porque como ambos sabemos... sin propósito... no existiríamos. Fue el propósito lo que nos creó. El propósito nos conecta. Propósito que nos mueve. Nos guía, nos maneja. Propósito que define. Propósito que nos une. Nosotros estamos aquí por su culpa Sr. Anderson. Y estamos aquí para quitarle lo que usted trató de quitarnos a nosotros. Propósito” .

Bueno, esta historia, sólo pretende mostrar que de vez en cuando nos encontramos ante un destello de luz, que ilumina nuestra percepción, y nos hace ver aquella realidad que no vemos, o que dejamos de lado por una razón.

Negación

El santuario vestía de gala, así como también los invitados que eran testimonio de una ceremonia única. La emoción embargaba su ser por completo, y pese a las tradiciones, la decisión fue encaminada por el tesón de avanzar, sin esperar a nadie, y sin mirar atrás, desafiante, contra viento y marea. Era un breve instante en la vida, dónde todo en un minuto podía cambiar con un sí, o un no.

No obstante, y pese a lo ya formado, por algún poderoso motivo, hubo un tiempo en que por escasas ocasiones, paso en frente de una antigua vivienda sin poder ver lo que tanto entrañaba, desde su nave, mirando discretamente, entre curiosidad y anhelo. Pero todo era cuestión de tiempo, y por efectos naturales, fue olvidando, siguiendo la ruta de su propio camino decidido.

Una infantil envergadura yacía perpetua en aquella vivienda, era un claustro erguido en la convicción de las referencias. Aún vertía su inocencia aferrado a un manuscrito, bajo la amarillenta lumbre de una ampolleta, aún recordaba el aletear de una abeja en lo más absurdo de su propia timidez. Aún era infante, con los temores normales de un niño que se negaba a obedecer, sin la claridad de un futuro, sin los recursos afectivos necesarios en todo ser humano, de quienes le abandonaron desde muy pequeño.

No obstante, inevitablemente la vida prosiguió, y lo lógico sucedió, después de un tiempo, ya nunca más fue visitado. Entonces, por un lado, sintió alivio, y por otro, sintió nuevamente abandono. Escudriño en su interior, y alivió su pesar en duro entrenamiento. Comenzó con lo más básico, ejercicio, que lo acercó más hacia a otra fuente de dolor, físico distrayéndole de aquel que le menoscababa. Con paciencia, poco a poco se fue reconstruyendo y elaboró con sabiduría, una alternativa. Entonces sacó una cuchara de su bolsillo y empezó a excavar con la tenacidad de una hormiga, pero sin su paridad. Con obstinación casi imperceptible acotó lo recibido, aún sin estar de a cuerdo, mientras la luz de su ampolleta encendía su rostro cada noche, cada mañana, en una dirección incierta hacia un mundo mucho más amplio, más variado, más fiel.

Con el tiempo, conoció lo que tenía que conocer, lo cual prendió su ánimo, su espíritu y su esfuerzo ya tendría dirección. No obstante, sus tímidas manos cogieron el tenor de un canto sujeto a un poste, y con cierto dejo de duda, escuchó. Era su último hálito, en donde recibió, de una voz extraña, una nueva y contundente realidad, que mudo le dejó.

Ya nada más podía hacer, y todo estuvo claro. Entonces, otro santuario se abrió, con lo cual finalmente se quedó. Era un mundo propio y sagrado, de lo cual nunca más se apartó, destrozando los últimos vestigios de una realidad lejana, que nunca le esperó.

La “libertad” de una nueva “realidad”, en un mundo donde la “vida” se construye en base a una razón que nace de una negación no formulada.
“No estamos aquí porque somos libres. Estamos aquí porque no somos libres.”

20 octubre, 2010

Antumbra: Parte II

Introducción
Mis disculpas por esta historia inconclusa, pero necesito escibir este borrador inicial, ya que de otra forma no la podré continuar.
El tiempo pasa muy de prisa, y sé que faltan imágenes e introducción en mucho de los textos creados.
Para quienes leyeron Antumbra I, esta es la continuación.
Antumbra: Parte II

Tan rápido como aparecía el sol entre las montañas, tan rápido la noche se dejaba caer con su manto de oscuridad. Detenido en lo alto de un edificio, una figura alargada permanecía inmóvil, observando las rayas amarillentas que como hilos oblicuos destellaban sobre las calles eternas del apuro. Su vista paciente y ya calma, presagiaba un razonamiento que permitía ver el futuro de años, como el parpadear de unos pocos segundos.

Se quedó un instante, pensativo como siempre, respiró hondo tres veces y lo que parecían escasos segundos, fueron varias horas de otros.

Intuía que las facultades del tiempo estaban siendo alteradas deliberadamente, ya que la la percepción del mismo había variado notoriamente en la especie humana. La evolución era un tema que se escapaba de las manos a pasos cada vez más acelerados, y eso era un tema que concientemente estaba previsto. No obstante, el observador, era el único que podía percibir aquellos cambios, y entendía el propósito temeroso de los superiores por querer contener lo incontenible.

De pronto, aquel ser erguido, estiró su mano, y las luces en su totalidad se detuvieron. Entonces extendió sus alas y se precipitó por los aires, sin ser visto.

Tras varios kilómetros recorridos, se adentró en un túnel férreo, en donde se dispuso con paso tranquilo y pausado, aproximándose a un destello luminoso apenas a unos cien metros de él. Ahí lo vio, estaba recogido, su cuerpo denotaba clara evidencia de una dura batalla. Se quedó a su lado sin pronunciar palabra, porque simplemente era innecesario, ya que sólo bastó su cercanía para determinar el origen de sus heridas.

Levantó su rostro un instante, y pudo identificar restos de un aroma familiar, sin dudarlo volvió a extender sus alas en tono amenazante y extendiendo su mano se fue por el túnel a gran velocidad. No debía ser visto, su rapidez era su aliada, y en cuestión de segundos se adentró en el último carro del tren aún en marcha.

Sin que nadie lo notara, abrió una puerta lateral con total facilidad, desplomando el seguro sólo con la fuerza de sus manos. Se adentró caminando, con la calma que lo caracterizaba, y observó un desordenado y sucio vagón abandonado. Procedió con excesiva precaución hacia el siguiente vagón, y luego el siguiente, y el siguiente, encontrando a su paso el mismo desolado panorama. Las manchas rojizas rebozaban el lugar entre restos irreconocibles retorcidos y esparcidos en los asientos destrozados.

Ya faltaba poco, y una sensación le detuvo en la penúltima puerta, la que abrió con aún más cuidad que las anteriores. Ahí fue cuando entonces…

CONTINUARÁ

19 octubre, 2010

Centavos

Introducción

Recordaba una anécdota de infancia, inocua por cierto, cuando aún se usaban esas monedas antiguas seudo octogonales, escudos de aquella época. Bueno, esta historia nace de un vago recuerdo que surgió de pronto, sin alusiones de ninguna especie, y que solo pretende indicar que al final, siempre hay una reflexión, y por su puesto, una interpretación.

Centavos

Corría desordenadamente con una bolsa de género en la mano que casi arrastraba por los suelos, y algunos centavos en la otra, tenía apenas cinco años de edad. Se adentró en una panadería cercana a la casa, donde un hombre obeso y grande atendía su local como era de costumbre, cada día. El niño extendió su pequeña y pálida extremidad a través de su manga corta y entregando sus escasas monedas pidió su encargo de siempre, pan y algo para el pan.

El hombre entrecruzado de brazos y apoyado en el mesón, lo miró y vio que lo que no le alcanzaba porque lo que compraba costaba 15 centavos, y le explicó, - Ey!, jovencito, aquí hay 5 centavos de diferencia-. El niño lo quedó mirando y en su inocencia sólo atinó a decir “no importa, después me los da”. El hombre lo observó con cierta insistencia. El jamás había fiado, o recibido de menos, negocios son negocios, como el siempre se decía, pero se conmovió, seguramente por la naturalidad del pequeño. Entonces cedió a su petición, otorgando lo que el pequeño necesitaba. Eran apenas unos centavos, que finalmente recogió sin mirar, dejándolos sobre el mesón.

Después de un buen rato, cuando el hombre ya se prestaba a cerrar, y mientras hacía caja, vio sobre la mesa las monedas del niño que había dejado desparramadas pero juntas sobre el mesón, las cogió con cierta intriga y sorpresa. Había exactamente 20 centavos. Las miró, estuvo silencio por algunos minutos, y moviendo su cabeza de lado a lado, las recogió, guardándolas como un preciado tesoro, que para sí dejó.

18 octubre, 2010

Intercomunicador

Abrió su intercomunicador entre la muchedumbre en movimiento, levemente apretujado se ubicó en su rincón de costumbre y se dispuso a leer un poco. Centró su vista en las pequeñas letras multicolores que describían con cierto lujo de detalle algo muy personal. Las palabras encendidas y galopantes seguramente buscaban un propósito en sus acalorados descritos, vertidos quizás, por la necesidad de una reacción.

Fueron breves minutos de una total soledad, pese al bullicio de la gente al rededor. Aquella imagen de pureza aún vívida en su mente, se trizaba con palabras que se fueron cabalgando en su mente durante todo aquel día, desquiciando y martirizando su preciado sueño, aquel que nunca diría.

Se sintió extraño, enajenado y absurdo. Lo que pensaba tan sagrado para sí, parecía menoscabar y despreciar aquella niñez que un día encontró, como si fuese la suela de un zapato, que jamás calzó.

Entonces, su sensibilidad se refugió en lo más profundo de su interior, y con un dejo de suma pena, cerró su intercomunicador.

15 octubre, 2010

Sueños duales


El lugar era algo oscuro, estaba armoniosamente dispuesto, muchas mesas alrededor con sus manteles blancos y adornados de ciertos dibujos oblicuos poco saturados. Los cubiertos finos, metálicos de una sola pieza, cada uno, armonizaban perfectamente con las finas servilletas que en forma de flor complementaban armoniosamente el orden impecable de las mesas a la luz de las velas. La música alentaba a los visitantes hacia una pista improvisada y algo estrecha, al ritmo de una salsa suave que paulatinamente iba incrementando en intensidad.

Prendida de su mano estaba quién de su descendencia jamás se apartaría, bella, esplendorosa, como nunca le había visto, era una ocasión especial, única y distinta, donde compartimos, conversando y comentando sobre el bonito lugar y los detallados preparativos de las personas circundantes.

En un momento dado, algo sucedió, ella se apartó por una razón, y se perdió ente la muchedumbre. Dijo que pronto volvía, por tanto el se quedó observando a la animosa banda en vivo sobre el escenario. Pasaron así varios minutos, y de pronto la vista se clavó en unas escaleras de grueso madero, ubicadas casi al centro del enorme local, las cuales comunicaban con un subterráneo.

Con curiosidad inquietante se acercó, desde el fondo pudo escuchar otra música que también le pareció llamativa. Miró una vez más y sin dudarlo mucho, dado el tiempo, bajó.

El lugar era mucho más oscuro esta vez, iluminado apenas con unas pocas luces que desprendían del escenario. Le pareció divertido ver los preparativos de algunos tramoyistas, por lo cual se quedó un rato a observar, discreto, vestido de negro, y entusiasmado se sentó en la escalera a observar a través de los robustos maderos, a unos 10 metros del escenario.

El lugar, que en un comienzo era holgado, se fue llenando en la medida que la función empezaba. Las luces se apagaron por completo, y de pronto una llama encendida en concordancia con la música, dio el inicio al ritmo místico de los compases. Luego, un conjunto de luces simultáneas prendió el lugar, muy alegórico y energético todo, con las mismas características, mientras las figuras estilizadas de los jóvenes danzantes se desplegaban en concordancia coordinación sobre el escenario, mientras algunos instrumentos de gran magnitud se fueron incorporando en conjunto con algunos arsenales escénicos.

El lugar estaba prendido, la gente empezó a saturar la escalera donde se encontraba, hasta el punto de sentir la incomodidad del peso insostenible de los que al igual que el, contemplaban con entusiasta despreocupación. Entonces se levantó, bajó a la pista inmediata que sólo estaba iluminada con algunos efectos láser, semejando círculos multicolores sobre el piso.

Mientras avanzaba unos pasos, se encontró frente a frente con un viejo amigo, muy bien vestido, enchaquetado y bien encamisado. Le saludó con discreción alegre y escueta, iba acompañado y dado el flujo imparable de la multitud no era práctico detenerse. Así, rápidamente se despidieron siguiendo cada quién su camino.

El lugar estaba repleto, casi asfixiante, entonces subió por el mismo lugar de acceso, y caminó hacia la mesa, definitivamente mucho más despejado que donde estaba hace un rato.

A la distancia, unos blancos dedos se agitaban con cierta delicadeza y entusiasmo a la vez, acercándose entre la muchedumbre. - Aquí, aquí. Entonces le vió, y cuando se acercó, su vestimenta era distinta, cosa que le pareció algo inusual, dado que no llevaban ropa de cambio. – Por fin te encuentro -, dijo, con notoria preocupación en su voz, - llevo una semana viniendo a este mismo local con la esperanza de encontrarte.

Sus palabras detonaron un dejo extraño que produjo en el un silencio incomprensible. Trataba de entender el porqué, y ella también. Entonces preguntó, ¿Pasaron muchos minutos?, - Minutos! Replicó ella con incertidumbre. - Estabas desaparecido, desde hace una semana, nadie sabía de ti, pregunté en todas partes, familiares, amigos, y nadie sabía nada de ti, ¿Estás bien? - ¿Qué sucede?, no entiendo, exclamó él, con un dejo de intriga, frunciendo su seño.

Nada tenía sentido. El entrecruzar de los brazos de ella acentuaba la tensión, mientras miraba las escaleras. – Aquí estuve. Miró el lugar de donde venía, percatándose que sólo estaba el esbozo de unas escaleras que no conducían a ninguna parte, siendo nada más que un adorno del lugar, sostenido sobre un piso de tablas.

Ambos se miraron un instante, y luego de unos segundos, el alzó su vista constatando con asombro que ya la oscuridad de la noche se iba. Era de día, el amanecer que le parecía lejano, iluminaba a través de una ventana su rostro posado en sus manos.

Era imposible. Nada tenía sentido.

Entonces despertó, miró su celular, totalmente apagado, sin batería, no había sonado, y como resorte se preparó sin más demoras, estaba atrasado. Ya cuando se despedía de su familia para ir a trabajar como era de costumbre, le comentó raudamente a su señora su sueño, y antes de que pudiera terminar, ella le contó exactamente el mismo.