15 julio, 2016

Textos

Aquel día era de invierno, caminaba con paso presuroso hacia el trabajo mientras veía su serie favorita. La escena que observaba era la de un hombre recostado abrazando su almohada, que  trataba de imitar el diálogo solitario de su amigo en la pieza colindante, quién murmuraba despacio sus vivencias, añorando la compañía de su esposa que ya no estaba.
De pronto, la frase fue “Hola papá”… inmediatamente provocó un nudo en su garganta que le congojó mientras la humedad contenida de sus ojos brotó discretamente. Trataba de enfocar su vista borrosa en las angostas calles que transitaba, mientras su mentón y sus labios se contraían.
Evitó algunos saludos al subir las escaleras y rápidamente se desplazó a su destino, su trabajo. Quiso entender ¿Por qué... sintió lo que sintió?, y en pocos minutos la imagen de aquella frase hizo que su mente se quebrara doblegando sus emociones. No era él añorando a su padre, y se percató del tiempo. Su mente se había desplazado hacia un raro futuro, uno en el que se visualizó unos pocos años después. Entonces la imagen fue más clara, la frase no era de él, era de su hija, y el ya no estaba. Sintió una profunda pena, al corroborar que el significado de sus dolencias apuntaba hacia ese futuro. No era lo que quería, pero era inevitable sentir lo tangible del tiempo en su cuerpo. Pensó que debía ir al médico, era lo más sensato, y recordó como  muchos  caían en ese juego, acortando aún más su tiempo. Sólo esperaba tener más, sólo quería tener más, para poder estar, y apoyar a quién más le necesitaba, aquel rostro pálido, vívido reflejo del suyo, que no merecía soledad ni desiertos.
Pensaba que la vida es tan incierta como una gota de agua que cae sobre una mano. Nunca se sabe el camino que seguirá. El futuro es algo impredecible, por mucho que lo planifiquemos, y fluye con los acontecimientos del entorno y del universo.
A veces pensaba que el flujo de los acontecimientos imaginados, era fruto de una ventana que se abría a la luz de un tiempo futuro, u otro hilo en secuencia paralela. Pensaba también, que todo, absolutamente todo lo que podamos imaginar, ya existe, incluso en mismo espacio y tiempo.
El cuidado era primordial, procurando estar bien, alimentando y ejercitando el cuerpo cada día, pendiente de superar el dolor y no lesionarse en el intento. Debía permanecer, quería permanecer, era su responsabilidad y a su vez era su sentimiento, por eso, aquella frase recibida perforó su alma, en un simple texto.
Muchas preguntas inundaban su mente, y deseaba conversar largamente las cosas que sentía su alma. Exteriorizar su ser y contar cada detalle de su vida, sus vivencias, sus experiencias, sus emociones, quería entregar su ser en palabras, en un tiempo infinito y calmo, sin distancias, sin tapujos, sin guardarse nada. Quería desahogar sus emociones, levantando los muros por tantos años forjados, tan sólo para entregar todo de sí en un gran mensaje, en un infinito momento.
No, definitivamente no, no son culpas, no son resentimientos, no son enojos ni mezquindades, ni reclamos, ni reproches. Son sólo textos, en la mente, desde siempre, desde antes de conocerse, desde antes de sus responsabilidades, de sus caminos, de sus deberes, de su historia, son, y son así  simplemente porque son textos, importantes, leídos, una y otra vez, por la necesidad interior de querer percibir, entre lo simple y lo complejo, aquellos por siempre eternos textos.
 

01 julio, 2016

Plaza

Era un cálido atardecer de verano, estaba en casa de sus padrinos, había personas entrando y saliendo, algo ocurría, y entre ese ir y venir de personas, de pronto le reconoció, era Yf, una joven con quién nunca había tenido contacto alguno en persona. Ella se acercó casi por casualidad, su  saludo fue cordial, conversaron un par de minutos, había poco tiempo, al parecer tenía cosas que hacer al igual que el. Le acompañó a la salida, el se quedó en la puerta, mientras ella caminó  alrededor, cruzando la calle en un ir y venir desde y hacia donde estaba, seguían conversando, ella  comentaba que era de naturaleza inquieta y no podía permanecer inmóvil. Al parecer no solía conversar mucho sobre temas personales.
Ya debía partir, al igual que ella, se despidieron prontamente y el se fue caminando por una calle aledaña, continuando luego por una calle principal. A los pocos minutos de estar caminando, un vehículo se acercó al lado de él, despacio se abrió la ventanilla, y era ella nuevamente, quién  preguntó dónde iba?... El le dijo que iba al supermercado, ambos coincidían y con amabilidad propuso llevarle. Se produjo un breve silencio, y ante su insistencia, él accedió.
Se fueron conversando esencialmente cosas sobre sus estudios. El recorrido fue breve, y llegaron a una plaza cercana al supermercado. Debo pasar a buscar a alguien - dijo ella, y se  bajaron del vehículo, encaminando sus pasos hacia unas mesas que estaban dispuestas al aire libre.
Mientras caminaban, comentaban sobre el lugar y ella hablaba sobre un evento al cual tenía que asistir justo al frente cruzando la calle, en un local enorme de grandes letras. Llegaron a su destino, en dónde había una pequeña mesa de madera, de color café, en una esquina. El lugar era apacible, agradable, lleno de naturaleza, mucho verde alrededor, con gente que ocasionalmente pasaba por ahí, o se reunía en familia. En la mesa,  estaba la menuda figura de una persona de oscura y mediana cabellera, que escribía afanosamente sobre un cuaderno, rodeada de libros, lápices y gomas de borrar.
Ella se acercó a la mesa y saludó con cariño, e inmediatamente quién escribía levantó la mirada, correspondiendo el saludo con un fraternal abrazo, mientras se iba acomodando sus lentes, para ver mejor a su compañía. Se produjo un breve e incómodo silencio entonces, la joven presentó a quien le acompañaba sin mencionar su nombre ya que no lo sabía, entonces, quién escribía, simuló su inquietud y extrañeza como pudo, y saludó con escueta cortesía. La joven muy dinámica rompió inmediatamente el hielo comentando sobre las coincidencias de la vida, y los tres se quedaron un rato platicando. Pese a la incomodidad inicial, todo se fue distendiendo en una amena conversación sobre la vida y los estudios.
Entonces... el sol ya se ocultaba, y mientras las luces iban iluminando con decoro el lugar, todo se fue transformando en un instante  agradable, porque al fin, simplemente, el tiempo parecía ya no importar más.
 

22 junio, 2016

Ventanal

Era su imaginación… estaba en un salón casi vacío, enteramente de madera crujiente y firme, de piso antiguo y lustroso, impecablemente limpio, y espacio suficientemente amplio como para practicar danza o valet. Sólo estaba el sillón y una chimenea lateral sin uso, adornaba el lugar, mientras los destellos de luz se filtraban a través del gran ventanal que estaba abierto. La temperatura era cálida, agradablemente ideal, típica del verano, con una suave brisa costera que refrescaba el lugar, en un ambiente saturado de tenue bullicio y festejo que se escuchaban a lo lejos, denotando vida y “normalidad”.
Ahí estaba, tal vez cumpliendo un sueño, era su descanso, un tiempo merecido por años negado, y que por fin abrazaría con la tranquilidad que siempre anheló. El tiempo no importaba y en aquella solitaria noche especial, con ya casi las 00:00 hrs. de un nuevo año encima, colmado de augurios de renovaciones, pudo apreciar la destellante luz de los fuegos artificiales que anunciaban el inicio de un nuevo año. De pronto, los destellos de la luz permitían apreciar a través de una ventana abierta la imagen de dos siluetas entrelazadas sobre un moderno sillón, mientras el blanco falso de las cortinas danzaba al compás del viento.
Estaba de pie un poco más atrás, a unos cinco o seis metros de distancia del ventanal, apoyado sobre el marco de una puerta al otro extremo de la habitación. Aquella imagen saturó su mente colmando su ser con emociones que no podía controlar. Sabía que estaba solo, aun así, todo parecía muy "real".
No había apuro, y el tiempo parecía detenerse a ratos. Eran sus vacaciones, y no quiso interrumpir su imaginación. Se quedó inmóvil en el marco de la puerta observando la armonía de aquella imagen que percibía, mientras la habitación, en sus blancas paredes, se iba llenado de luces de colores destellantes que circulaban entre sombras lineales.
Sabía que no había nadie más en aquella habitación, y sabía que el sillón que apreciaba, tenía formas inusuales, talladas a mano, que perfectamente podrían confundir la visión de quién lo viese. Aun así, agudizó su visión un poco más, y prestó atención, logrando notar el suave movimiento oscilante de las siluetas.
El abrazo cálido que percibía entre ambas figuras, parecía la negación y enajenación a un  mundo cotidiano que siempre los mantuvo apartados desde siglos por causas y convicciones ajenas de un prediseñado sistema. Era parte de su imaginación y a su vez era parte de aquella existencia, más allá de su tiempo, y más allá del lugar que siempre es una inquebrantable esfera.
Después de un rato, avanzó lentamente unos pasos en dirección al sillón, mientras las luces encendían el cielo nocturno. La música de distintos lugares animaba el sector con alegre algarabía.
Se ganó a un lado, con su mano derecha apoyada sobre el respaldo, miró unos segundos a través de la ventana y respiró profundamente con un dejo de nostalgia, no estaba triste en ningún caso, solo quería que ese momento nunca acabara. Miró cada uno de los detalles del sillón vacío, iluminado, reclinándose y finalmente apoyándose en él hasta quedar cómodamente recostado. Estiró sus piernas a lo largo, entrecruzando sus pies, mientras su mano derecha se extendía para coger un vaso con dulce licor que estaba en una pequeña mesita de vidrio tallado al momento que observaba sus pies. Se quedó contemplando las luces que iluminaban su rostro y sus ojos parecían encandilados con su propio brillo. Miró la luna a través del vaso que giraba entre sus dedos, mientras el líquido se iba agitando con suavidad. Así estuvo por un rato.
 
De pronto… el crujir de los maderos anunciaba la presencia de unos pasos livianos. El vaso entre sus dedos se detuvo, y mientras miraba la luz a través de la ventana,  la menuda silueta se ubicó al frente del ventanal. Se quedó observando unos segundos, y entonces… por fin… sonrió.
 

31 mayo, 2016

Un antes y un después

Las historias suelen deambular en cada lugar y en cada rincón del planeta, y en ocasiones, algunas suelen vincularse inesperadamente, pese a lo diverso o distante de estas. Aquellas jóvenes almas, eran un claro ejemplo de la magia que se produce ante un inesperado encuentro. Por qué razón sucede?,… No se sabe, pero lo que sí es claro es que sucede una vez en un millón.
         Quizás sea el azar, la divina providencia, o un fallo en la armonía de todo un sistema prediseñado para que sigamos un patrón conductual bajo el ciego hábito de lo cotidiano, con la inquebrantable convicción de aquello que llamamos “realidad”, nos impida el poder ver la verdadera realidad.
          En estos últimos tiempos, ya es notorio, siendo posible para todos el percibir un fuerte cambio en la apreciación del tiempo. Lo que antes parecía eterno, hoy en día es desesperadamente rápido, en donde las horas parecen minutos, y los minutos son apenas segundos, como destellos de vivencias que rápidamente se van transformando en pronto pasado y recuerdos. No hay tiempo para pensar, y sin embargo aún pensamos, apurados, presionados, con el sólo afán de que nos alcance el tiempo, inmersos en un nuevo tiempo que definitivamente se desvanece entre los dedos.
          Sin embargo, en la mente se conservan algunos recuerdos, importantes, imágenes puras, que se niegan a ser borradas, como la gran mayoría. Son especiales, porque simplemente están llenas de emociones que pese a los años y las vivencias, perduran en lo más profundo del ser, y nos mantienen aún llenos de miles de preguntas sobre el otro, con la evidente sensación de haber existido en tiempos pasados, desde mucho antes de nacer, luchando por mantener aquel vínculo mermado por ellos.
           Sí, sin duda es un pensamiento y nada más que un pensamiento, fruto de la imaginación, para el común de la gente, pero que en definitiva, sabemos..., porque simplemente es la misma sensación compartida por siglos, aún más allá de conocerse, una que de alguna manera ha existido desde siempre… desde entonces... y... desde un antes y un después…

24 marzo, 2016

Cuarenta años después

La figura senil de un hombre vestido de negro y sombrero de ala corta, se hacía presente en aquel apacible paisaje inserto en medio de la ciudad. La época era otoñal y el crujir de las hojas que caían de los árboles denotaba un ambiente cálido, nostálgico y lleno de paz.
Se acercó al lado de un joven, era delgado, aunque de proporciones similares, poseía un rostro de porcelana aún más blanco, casi como el papel en el que escribía desde hacía un buen rato. Entre sus manos también sostenía unas naranjas qué pelaba con inquietante paciencia mientras se reclinaba sobre sus rodillas. Su expresión era la típica de los jóvenes de aquel entonces, pantalón plomo, camisa blanca, corbata y chaqueta azul sin solapa. En sus ojos se denotaba su profunda expectación y ansiedad, como si quisiera que el tiempo pase muy de prisa.
El hombre después de unos minutos de observarle, se sentó a su lado, a un cuerpo de distancia, en aquella larga banca de madera de color negro, que hacia juego con su vestimenta larga y totalmente oscura, bajo la sombra de un añoso árbol.
-          Vendrá…, dijo aquel hombre en tono calmo.
El joven escuchó levemente aquel susurro, y miró al hombre con cierta extrañeza. Miró a su rededor, en distintas direcciones, y luego prosiguió pelando su naranja.
-          Sé que vendrá... Replicó el hombre, inmóvil en su asiento, sin gesticular ninguna expresión.
El joven le miró con detenimiento y curiosidad mientras fruncía su seño. Aquel hombre usaba un traje largo, elegante y muy correcto para el lugar. Parecía hablar solo, ya que su mirada no se desprendía del horizonte.
-          Ud. Me dijo algo… Preguntó el joven con cierto recelo.
El hombre no respondió y prosiguió inmóvil y silencioso, tras sus gafas circulares de cristal negro.
-          Sí, yo le escuché, Ud. Me habló cierto…? Insistió el joven sumido en la curiosidad.
El hombre volteó lentamente hacia su derecha, y el pálido rostro del joven se reflejó en sus lentes.
-          Veo que aún le esperas… Dijo el hombre.
-          Y qué sabe Ud. Replicó el joven.
-          Sé muchas cosas, y sé que le esperas. Respondió finalmente el hombre.
En su pensamiento el joven procesó aquellas escuetas palabras, y la intriga fue aún mayor. Cómo sabía que esperaba a alguien?, De dónde salió?, Por qué estaba ahí conversando con un extraño?.
Al comienzo sintió miedo, pero tenía la habilidad de percibir a las personas, y la expresión mística de aquel sujeto no denotaba indicios de maldad. Recordaba aquellas típicas recomendaciones que recibió en su niñez, pero esto era algo totalmente diferente.
-          Quién es Ud.?... Le conozco acaso?...
-          Sí, pero sólo hasta este preciso momento.
-          Cómo es eso?
-          Hace años que visito este lugar, de vez en cuando, y este momento es especial.
-          Por qué?...
-          Porque este es el principio… de una historia.
-          Qué historia?
-          Tú historia.
-          No entiendo. A qué se refiere?
-          Es la historia que quedará forjada en tu ser, a partir de un instante de tiempo.
-          Cómo sabe que espero a alguien?
-          Es evidente.
-          No le conozco, Ud. No sabe nada de mí.
-          Percíbelo entonces… y dime, cuanto falta para que llegue?
El joven bajó su mirada y quedó inmerso en sus sentidos. Aquel hombre extraño tenía razón, podía percibir a quién esperaba, y aún estaba lejos del lugar.
-          Y…
-          Aún no llegará por un buen rato. Dijo el joven.
-          Te enseñaré un truco entonces… y podrás saber… qué hace y dónde está.
-          En serio…  Incrédulo respondió el joven.
-          Observa… pero observa bien… observa más allá de lo que sientes, y percibe lo que ella ve.
El joven aún más extrañado que antes acogió esas palabras y se internó en lo más profundo de sus pensamientos. Las imágenes confusas en su mente comenzaron a tener forma en su mente, y poco a poco pudo percibir su entorno en la distancia.
-          Dime entonces… que sientes.
-          Le veo, sí, o mejor dicho veo lo que ella ve. Está acomodando sus cosas, está apurada.
-          Así es, y prontamente saldrá de su trabajo en esta dirección.
-          Cómo sabe Ud…?
-          Lo sé, porque yo también le percibo… Dijo el hombre esbozando una leve sonrisa.
-          No lo entiendo! Respondió el Joven. - Creía que era sólo mi imaginación.
-          No, no lo es. No es imaginación, es percepción, pura y simple, enfatizada en sentimientos.
-          Por qué se acercó a mí? Qué quiere?... Preguntó el joven.
-          Siempre vengo aquí, cada cierto tiempo, ya te lo dije. Sólo quiero enmendar el momento.
-          Enmendar qué momento?...
-          El momento que vendrá después, cuando vayan a buscar libros.
-          Por qué?...
-          Porque el sentir es una magia que nunca se desvanece.
-          Que quiere decir eso…?
-          Significa… que debes decidir.
-          Decidir qué?
-          Decidir tu propio camino, junto a quién has percibido desde mucho antes, con tu sentir.
-          Es difícil en mi situación.
-          No, no lo es. Deja atrás tus temores. Es sólo juventud.
-          Siento que se acerca, siento sus pasos, aún a lo lejos.
-          Sí, así es, pasos cortos y ligeros, sujetando libros y cuadernos entre sus brazos.
-          Sí, es cierto… pero… Cómo?...
-          Sigue a tus sentimientos muchacho… y decide bien. Debes soltar una mano a la vez.
-          Entiendo, y ahora entiendo que Ud… o sea tú… eres yo.
El anciano se levantó lentamente del asiento, sin dejar de mirar al joven, con una sonrisa amable en su rostro, hizo una pausa, reverenció su cabeza con un gesto amable, y finalmente dijo:
-          Ya debo irme, creo que ya he enmendado mi tiempo.
El muchacho entendía lo sucedido, y se quedó meditativo en su puesto. Ahora sabía por qué aquél hombre le resultaba tan familiar.
A los pocos minutos, los pasos cortos de una menuda figura irrumpieron en la meditación del reflexivo joven. El levantó su cabeza y apenas vio su rostro, se iluminó tanto como el de ella.
Pensó en las palabras finales de aquel hombre “enmendar mí tiempo”, y entonces se dio cuenta a qué se refería.
Miró a la joven, cogió sus manos entre las suyas, y luego se levantó abrazándole con ternura, cobijándole protectoramente, besándole con una paz que por fin a su corazón… llegó.
A lo lejos…, la figura erguida e inmóvil del anciano con su chaqueta al viento, parecía despedirse con un  dejo de ternura, para luego, poco a poco, ir esfumándose entre los árboles, al compás de las hojas resecas que caían con la suave brisa otoñal.
Era su inicio, era su expectativa, era la existencia misma de toda una vida, su propia vida, por fin libre y plena, por fin pura, cuarentas años después.

07 marzo, 2016

Un segundo de Lucidez

Soñar despierto le llamaba, y aún consciente de ello, procuraba cada noche estar en aquel mismo lugar desconocido, solitario y de amplias calles. Siempre era la misma situación, estaba en un transporte público y al momento que este llegaba a su paradero, después de recorrer y doblar por numerosas esquinas, todos bajaban presurosos seguramente en dirección a sus respectivos hogares. No quería, pero debía bajar, indicaba el chofer, quién también al igual que los demás,  terminaba su jornada laboral.
- “Bajen todos por favor, último aviso. Gracias”. Replicaba el chofer.
Todos obedecían, como si la rutina estuviese impregnada en sus mentes, no obstante, el joven Joe, permanecía en su asiento, quién por algunos minutos observaba como todos bajaban y se alejaban en distintas direcciones, mientras el chofer de mirada seria le solicitaba salir del bus.
Bajo a paso lento, casi como contando cada peldaño de los tres que tenía este bus antiguo. Era un atardecer muy oscuro, y la noche se vendría rápidamente. En ese instante, cuando las puertas del bus se cerraron, las calles parecieron aún más amplias. Todo era inmenso y sin dirección, no habían letreros, ni señales luminosas. De pronto, agudizó su visión y a unos cuantos pasos creyó reconocer a un viejo amigo, menudo, delgado, de pelo corto que presuroso se alejaba. Le siguió sin dudar, y apresuró el paso. Iba en dirección hacia un colectivo que hacía su último recorrido. Era extraño, pero el tiempo había pasado muy rápido, y ya era tarde. Había perdido la noción del tiempo y su única esperanza de ir a algún lado era su amigo. Parecía que nunca le alcanzaría y hecho a correr, parecía no disminuir la distancia, y se apresuró aún más. No recordaba su nombre, y con el cansancio no tenía aliento para llamarle. Finalmente logró alcanzarle en el momento justo en que se subía al colectivo, entonces golpeó el vidrio tres veces, y pudo ver su rostro. Le quedó viendo con extrañeza, y por unos breves segundos cruzó serias miradas sin gesticular.
- Lo siento amigo, llame a un taxi, tengo prisa y debo irme, antes de que vengan.
Dicho esto, se quedó perplejo, sin entender a qué se refería. El vehículo partió y quedó solo en medio de la nada. Cómo era posible?, no sabía dónde estaba, y ya no tenía batería en su móvil para llamar. Qué podía hacer?...
Meditaba y reflexionaba en que es verdad que cuando no se tienen objetivos, no se cuenta con una dirección, o un lugar dónde ir. Eso causa dudas, y las dudas y las incertidumbres causan pérdidas de tiempo. Cómo era posible que en cosa de minutos el sol se ocultase tan rápido. La hora tampoco tenía lógica, era un lugar sin tiempo, y por algún motivo estaba ahí, sin recordar un antes, su antes, ni su ahora. El temor encendió sus mejillas y pensó en quién o en qué vendría.
Caminó varias cuadras, casi sin iluminación, salvo algunos débiles faroles. Hacía frío, y aquella soledad le pareció inusual. Había hecho algo distinto, había hecho una pausa, tan sólo una pausa, lo suficiente como para que el mismo tiempo se rompiese ante sus ojos. Todo era sombras, y siluetas que se iban acercando a su rededor. Pero qué era todo eso?... Sugestión acaso. Nada era razonable, en un lugar tan supuestamente lleno de vida. Quién era, qué estaba haciendo ahí, porqué se detuvo. O acaso la mente despierta tras un letargo para entrar en la verdadera existencia, una muy distinta a la realidad que todos tan obedientemente siguen.
No, definitivamente… no. Nadie se había ido, porque simplemente nadie se había bajado del bus, porque nunca estuvieron, de pronto fue su pensamiento. Algo pasaba en su mente, algo que debía entender antes de que llegasen las sombras a donde se encontraba. No debía huir, no tenía sentido temer, nada era real, o mejor dicho, estaba a punto de dilucidar la verdad vedada tras aquello que llamamos rutina, sociedad, costumbre, hábito, miedo, sentido común.
Todo estaba dispuesto para que creyese en un ciclo de vida, lleno de etapas que debía cumplir paso a paso. Lo que había hecho como lo demás hasta ese momento. La soledad representaba carencia y a su vez libertad, las sombras eran los miedos inculcados, el supuesto amigo que se fue, representaba lo que dejaba, así como a las personas del bus. Todos con un camino ya predefinido, que seguirían ciegamente hasta el fin de sus días, mientras que Joe estaba a punto de descubrir la luz en aquella oscuridad. No podía explicarlo, pero de alguna forma, cada vez que tenía aquellos momentos de lucidez, era intervenido con el ruido de lo externo, aquel que siempre le obligaba a seguir un patrón común denominador, como los demás.
Las sombras estaban a punto de rodearle, cuando detuvo su paso ante una banca iluminada con un intenso farol. La luz iluminó su rostro, y sintió un calor agradable. Por un segundo ignoró todo a su rededor, y el silencio fue profundo. Acarició el contorno de la madera y observó un árbol a su espalda que extendía sus ramas como cobijando armónicamente el lugar. Se sentó reclinándose hacia atrás con una de sus piernas entrecruzada, respiró profundamente y sintió paz, desapareciendo todo a su rededor.
Sonrió entonces y sintió que aquel era su lugar, su dominio, su control, su propio universo, su verdad, su emotivo sentir, en un segundo de lucidez.
 
 

04 septiembre, 2015

Peldaños aledaños

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Es tarde ya, nuevamente, todo está oscuro, y mientras se trabaja, el sonido del agua brota al rededor retumbando en las paredes del edificio largo.
 
Surge entonces aquella inquietud eterna de querer saber, entonces, se recorre aquella imagen vívida aún en la mente, en pixeles bien definidos, con la nitidez y los colores deseados, y la sensación ancestral vuelve a plasmar el ser, y el encanto.
 
Por qué?... Se pregunta una y otra vez, más tenue cada vez, más distante quizás, pero aún permanente y en color blanco.
La respuesta carece de importancia, no hay palabras para describir lo que se siente, simplemente sucede y es todo. Toda una vida de hacer lo correcto no es suficiente, nunca lo es, porque aún se sueña con cierta nostalgia, emoción y arrebato.
 
Cada día lo recuerdo, y cada día vuelvo, en mente o en el mismo espacio. Lo sé… son sólo ideas, tan sólo pensamientos, pero son tan nítidos como el sabor de una naranja bajo la sombra de un árbol.
Cómo quisiera percibir el aroma de la tierra mojada en sus manos, caminando a solas y descalzo, deteniendo el tiempo por un momento, entre las hojas resecas que crujen refugiados en un silencioso abrazo. Tan sólo eso. Quizás un poco más, quizás un poco de ambos.
 
La banca ya no está, pero estuvo, y aún se percibe su aroma, una y otra vez, con la brisa que remueve su cola de caballo, alzándose tenue a veces, por aquellos mismos pasos. No se ven, no se juntan, ni siquiera de vez en cuando, pero ahí aún están, por siempre, enlazados y enredados bajo sus cortos y largos pasos.
Las escaleras son el inicio, entre libros buscados, y fue el origen de lo primero nunca olvidado, un peldaño más arriba... y un peldaño más abajo.

19 junio, 2015

Qué es felicidad?

El sol ya pronto se iba ocultando, mientras el despertar de las luces de la ciudad comenzaba a iluminar cada uno de los grandes y estirados edificios. Algo había pasado, la ciudad estaba más activa que nunca. Era fin de semana y todo el mundo parecía estar más apresurado que lo de costumbre.
La oscuridad fue propia de su traje negro, y en combinación se convirtió en camuflaje, salvo por su pálido rostro y manos, que parecían puntos flotantes que deambulaban como alma en pena.
Se detuvo un instante para agudizar sus sentidos, y encaminar sus pasos hacia su destino. Su corazón latía con premura y casi con un dejo de angustia, parecía ido en su propósito, y un poco indiferente al patrón normal del mundo. Extendía sus manos, y una sensación de calor y cosquilleo le indicaba una dirección inequívoca. No necesitaba ningún artilugio electrónico o digital que lo guiara, sólo estaba ahí, guiado únicamente por su instinto.
Caminó varios kilómetros, a una velocidad inusual, sus pasos lentos y livianos parecían desprenderse del suelo, avanzando casi como tele transportado al lugar justo y preciso que miraba. Nadie lo notaba en la oscuridad, y su sensación de libertad inundaba su ser con total  frenesí. Nunca se había sentido mejor, parecía que todo era posible aún más allá de la acostumbrada realidad.
Prontamente llegó a su destino, y entonces le pudo ver a escasos metros en las cercanías de una esquina donde seguramente estaba esperan algún móvil. Ya era tarde, y pensó primeramente en su seguridad, y en el entusiasmo de propinar una sorpresa. Así fue como con paso tranquilo se acercó hasta lograr alcanzarle. Ella vestía de rojo, con un abrigo negro cuello alto, al igual que sus botas de mediano taco, portaba una cartera negra, y unos pequeños anteojos traslúcidos de marco negro, y su pelo negro tomado en cola de caballo.
En la proximidad tocó suavemente su hombro derecho, virando ella en rápida reacción, dando como es natural, un paso atrás, mientras levantaba su vista para poder distinguir quién era esa inesperada presencia. Le reconoció de inmediato, y su rostro se iluminó ampliamente, abriendo sus ojos con asombro.
Así permanecieron un par de segundos, en mutua contemplación, sin emitir palabras ni mayor acercamiento. Era notorio que ambos parecían felices por el simple hecho de haberse encontrado.
Luego, en su plena curiosidad, ella rompió el silencio:
-          Qué haces aquí?...
-          Te vine a buscar… vamos.
-          A dónde?
-          Sólo sígueme, si quieres…
Ella no entendía nada, y pese a su normal timidez y desconfianza aprendida en la vida, aceptó sin vacilar. Se llenó de preguntas, no temía, porque le conocía de años y sabía perfectamente  que podía confiar plenamente en él, sin embargo, su inseguridad siempre estaba presente.
Sujétate firme, y en cosa de escasos minutos subieron a un edificio, hasta llegar a la azotea. Ella no entendía como habían subido tan rápido, y conmocionada por el hecho, se emocionó al ver un cielo tan despejado y tan pleno de estrellas. Se acercaron a la orilla y pudieron ver el resplandor de las luces de la ciudad que titilaban a lo lejos. La locura de la ciudad estaba a sus pies, y todo parecía ser parte de un enjambre frenético lleno de vida y movimiento.
-          Quieres ver la ciudad de más arriba?... - dijo él.
-          Qué?...
-          Vamos… déjame mostrarte la ciudad…
Incrédula, aceptó sin vacilar, pensando  que todo era una broma. El sacó un celular de su bolsillo, prendió su luz y estiró su brazo haciendo señales a un espacio abierto. Prontamente el ruido de un motor se fue acercando rápidamente, provocando un fuerte vendaval.
Ella no podía creer. - Qué es esto?... preguntó mientras sonreía nerviosamente. No te preocupes, respondió el, con total tranquilidad. Ten cuidado con las aspas, y avanza conmigo. Entonces en unos pocos pasos avanzaron hacia el ruidoso aparato y se subieron. Una vez sentados, les pasaron unos audífonos y se pusieron los cinturones de seguridad, despegando casi al instante.
Él se comunicaba con el conductor mediante algunas señas, levantando el pulgar y dirigiéndose hacia la costa, alejándose poco a poco del bullicio de la ciudad. Mientras, observaban el movimiento de los vehículos que parecían de juguete desde las alturas.
Pronto arribaron en la costa, en las cercanías de un recinto bien iluminado, lleno de música, fulgor, y alegría. Bajaron y fueron recibidos por algunos anfitriones de corbata muy bien vestidos. Todo era esplendor, perfectamente pulcro, rodeado de blanco, tanto las mesas como las cortinas que flameaban ante el frescor del viento.
Trataron de hablar entre el bullicio y la algarabía, entonces el preguntó…
- Quieres algo más tranquilo?
- Sí, por favor. – Ella respondió.
Él sonrió y llamó a uno de los anfitriones, el cual se acercó con presura. Caminó un par de pasos, y habló unas pocas palabras dando algunas indicaciones. Al instante, aquel hombre se comunicó con el resto, y por comunicador coordinaron algunos preparativos. En cuestión de segundos, se acercaron a unos cuantos metros  algunas personas que montaron hábilmente unos paneles sobre la arena, muy próximo a un mar iluminado por el resplandor de una enorme luna.
-          Está listo señor.
-          Gracias respondió él, mostrando una sonrisa cortes y amable.
 
Se dirigieron al lugar, caminando entre la arena. Ella se sacó los zapatos, sintiendo un inmenso alivio y un agrado al sentir el suelo bajo sus pies.
Cuando llegaron, se internaron el pequeño recinto improvisado, de grandes y abiertos ventanales con vista a las olas, lleno de suaves luces que adornaban armónicamente el lugar.
Los asistentes a cargo, les recibieron con cordialidad, y prepararon la mesa con un variado banquete, llenando las copas con un colorido vino, todo en un armónico espacio que invitaba a la paz, la contemplación. Y ahí se quedaron compartiendo, a solas, sin interrupciones, apreciando la belleza del paisaje bajo la luz de la luna reflejada en el mar, sintiendo los sonidos de la naturaleza, conversando con total tranquilidad y contándose por completo cada detalle de las historias de sus vidas, en un momento eterno llamado “Felicidad”.
 

27 marzo, 2015

Vínculos

El tiempo es un concepto abstracto de este universo, lo medimos, lo esperamos, y sea como sea, pasa sin detenerse jamás.
Hace muchos años, un niño de menuda figura, extendía sus manos para recibir de sus hermanos, un pedazo de diario, en él, había leche en polvo, que en general se repartían de la mejor forma posible. Aquel niño, con pocas esperanzas de vida, y cuestionado de paternidad, fue entregado a una familia ajena, bajo pretextos que sólo los adultos tienden a justificar. Tras una vida precaria, con escasos recursos y muchos hermanos, el conflicto del cuestionamiento se impregnó seguramente en la mente de una madre que dudó, y permitió la entrega. Quizás para protegerlo, o proteger a la familia, o quizás para ocultar una verdad, ante un padre de dura vida, carente de sutileza y comprensión, o del perdón.
Con menos de dos años llegó, a un hogar conformado por tres personas que se juntaron a compartir esfuerzos y sacrificios, para sacar adelante un lugar que se convertiría en un pilar fundamental de muchas personas que lo visitaban. Historias humanas increíbles aprendidas por aquel niño extraño.
Muchos fueron los buenos momentos, como también los emotivos, por distintas circunstancias, sobreviviendo a distintas situaciones, como soledad, enfermedad, temas económicos, ambientales.
En su mente estaba impregnada la sensación de abandono, misma que recordó en su primer año de colegiatura, cuando creyó que era dejado, nuevamente. Su madre y sus hermanos, a veces le visitaban, dos veces al año, quizás tres. Tiempo en que nunca fue reclamado con la fortaleza y convicción propia de una madre por su hijo. Por qué?... Era la pregunta eterna que convirtió aquella estancia en una prisión emocional, de donde nunca podría escapar.
Cuando creció, soñaba con la palabra “libertad”. Sobreprotegido por su fragilidad física, estaba sometido al esmero de cuidados que lo alejaron incluso del mundo. El cariño por un niño, a veces suele ser obsesivo y posesivo. Las personas, en general, cargan una mochila con su propia historia, y esa esencia influye en sus mentes, hasta el punto de que un pensamiento se transforma en convicción, haciéndolos creer que están en lo correcto, o llenos de razón.
Es curiosa la vida, nada puede ser igual siempre, y toda vida tiene su principio, y también su fin. La historia cambia, los hilos se mueven, y los caminos se abren en nuevas direcciones que se tienen que tomar.
Han pasado muchos años, y aún la pregunta en su mente, persiste…. Por qué?
Al fin y al cabo, todos somos mascotas, y nos adoptamos. Al hacerlo, con el tiempo, nos encariñamos, y se produce un vínculo, un fuerte vínculo de vida, que no se puede romper, y nos convierte en prisioneros de nuestras propias emociones, haciéndonos gozar y sufrir, por aquellos seres que forman parte de nuestras vidas, impregnándose en nuestra piel, en nuestra mente, en nuestro espíritu y en nuestros sentidos.
Pero los niños crecen, y los adultos se vuelven niños, la toma de decisiones de antes sucumbe al tiempo, y las nuevas decisiones afloran, por la naturaleza propia de cómo hemos vivido.
Hoy… un hombre entra al quirófano, es el último de aquellos tres que le cuidaron con tanto esmero cuando niño. El miedo se apodera de ellos, y en silencio, su abrazo parece una despedida, sin serlo. El dolor es físico, el dolor es en el pensamiento, el dolor es en el alma, y el ahogo de un suspiro se convierte en un último lamento.
El niño, ya hombre, mira a su viejo, más que su propio padre, y lo abraza sin consuelo. Trata de ser fuerte y alegre, porque cuando el mismo estuvo al borde de lo incierto, aquel viejo amigo, lo salvó muchas veces con sus esmeros. Ahora, aquel anciano está sólo, y todo parece incierto.
Su mirada se volverá cristalina también, como la propia algún día y la de todos, y así podrá recibir la luz que le entregará la paz merecida en este preciso intento.
Ahora no sé qué pensar… haber visto tanto sacrificio, tanto esmero y tanto esfuerzo, para cuidar a su propia madre, quién nunca se separó de su hijo, pese a todo, tanta preocupación para salvar a un niño ajeno y muchas veces enfermo, tanto trabajo invertido para apoyar a una mujer valiosa en su buen espíritu y empeño. Tantas cosas vividas, y hoy… tanto que está en juego.
Hoy es el día, y es mucho lo que siento, la incertidumbre satura mis sentidos, y todo parece ser extraño. Fue un padre, más padre que el propio, y mejor hijo que muchos, que he conocido. Este es su premio, tan injusto como mi razonamiento me permite verlo. Qué es Dios entonces… Por qué?... Por qué Dios?... Por favor ayúdalo.
Soy lo que soy, gracias a ellos, no soy perfecto, y me quiebro. Pero debo ser fuerte hoy, porque simplemente… es necesario serlo.
Una madre y un padre, nunca deben abandonar a un hijo, y un hijo… nunca debe dejar de querer a sus padres, porque la vida nos enseña, que todo es un tiempo.
Los conocí una vez… y desde entonces, se produjo un bonito vínculo, del cual no me arrepiento.

08 octubre, 2014

Pasos cortos

Sus pasos eran cortos y su mirada amplia, en un mundo colmado de naturaleza que cada día le cobijaba. La arena bajo sus pies descalzos se abría paso, hundiéndole con la suavidad de una sutileza calma.
Todo era brillante y todo le encandilaba, mientras el lejano sol en el horizonte se ocultaba, caminó varias cuadras, mientras su rostro se iluminaba, con las caricias de una brisa que ya no le parecía tan lejana. Estaba sola, aunque sola no estaba.
Miraba a ratos su recuadro y los escritos que portaba, era lo único tangible ante lo intangible que existía y que sí estaba. Pensó entonces en muchas cosas, y como hubiese sido todo si los caminos establecidos se hubiesen ido por una dirección más anhelada.
Quería expresarlo, gritar a los mil vientos, y volar lejos, como ave libre que busca su alimento, más allá del simple  vuelo, y más allá de una simple mirada. Siguió caminando, y el camino era inmenso, aunque se hizo breve, era claro, aún quería que durara. Lo sabía… Pensó de nuevo... Estaba sola sí, pero no lo estaba.
Pensó entonces en la música, y eligió con cuidado, escuchó rápidamente cada una buscando y seleccionando la que más quería, y entre muchas descartó varias, y entre varias, eligió una, una que le gustaba.
Llegada la noche, y los quehaceres esperaban, siguió su vida como siempre, como suele ser una vida acostumbrada. Varias horas pasaron, y entre todo su mente a ratos divagaba, entre música y canto que sus pasos aún le acompañaban.
 Era tarde ya, cuando sus oídos escuchaban, recordando y pensando en detalles de mundos y tiempos que anhelaba. Sus manos fueron libres entonces, y como nunca en su imaginación deambulaban, recorriendo cada rincón, de los pasos cortos que daba.